Me despierto con la noticia de que el Botellón del Novato de mi ciudad (dígase del evento en el que miles de universitarios se reúnen para ahogarse en alcohol y multitudes celebrando el comienzo de curso) sufrió un pequeño percance ya que a alguien se le ocurrió la fantástica idea de lanzar una bomba de gas lacrimógeno. Leyendo el artículo de nuestro periódico local (y concediéndole por supuesto más bien poca credibilidad dados los antecedentes del mismo…) tropiezo con dos cuestiones que llaman mi atención:
La primera de ellas es que los universitarios, pobrecitos ellos, miraban desde la distancia sus bebidas abandonadas en la avalancha sin atreverse a volver por temor a que no se hubieran disipado los gases. Claro que, poco a poco y haciendo alarde de valentía sin igual fueron acercándose, cerciorándose de que los gases habían abandonado el lugar y les llegaba a ellos la hora de abandonarse a los vicios comunes para recuperarse del sustazo…
El segundo tema que veo “inquietante” es el misterio del lanzamiento de la bomba de gas, atribuida por muchos a algún desconocido que quiso emplear esta estrategia de distracción para robar las botellas ajenas. Yo me lo imagino como una especie de Robin de los Botellones, robando a los acaudalados universitarios para repartir entre los pobres alcohol a cascoporro…
Sin embargo, lo que más miedito da de todo es que en ningún lugar del artículo se ve como preocupante que 7000 personas se congreguen a beber hasta caer inconscientes por el mero hecho de hacerlo, que se preocupen más por sus botellas y por seguir bebiendo que por sus zapatos perdidos en la huída y que practiquen el culto al cuerpo que se ve sin importarles hacer papilla lo que tienen por dentro.
Ojo, que no quiero que parezca que servidora es perfecta porque no es así, que todos nos hemos pasado alguna vez y hecho cuatro pamplinas, pero una cosa es que te lo estés pasando bien con tus amigos y la cosa se vaya un poco de las manos y otra muy diferente (al menos a mi forma de verlo) el salir jueves, viernes y sábado con el único objetivo de beber cuantas más copas mejor sin importarte que haga un frío espantoso, que huela a orina por todas partes, que no haya una música que te guste, y un largo etc.
Veo a mi alrededor muchos más dependientes del alcohol de los que pudiera parecer, personas a las que, por ejemplo, tras una enfermedad muy grave sus médicos les prohíben el alcohol y se quejan lastimosos de que ahora ¿qué van a hacer los fines de semana? Me parece una diversión muy cara en todos los sentidos ¿y a vosotros?
Besos con cabeza…



